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El 31 de octubre de 1941 finalizó la construcción del Monumento Nacional Monte Rushmore situado en Keystone, Dakota del Sur, tras catorce años de obras. El arquitecto Gutzon Borglum y cerca de cuatrocientos trabajadores fueron los responsables de este emblema nacional estadounidense. Se trata de un monumento escultórico que conmemora el nacimiento, crecimiento, desarrollo y conservación de los Estados Unidos representados por los presidentes George Washington, Thomas Jefferson, Theodore Roosevelt y Abraham Lincoln. El recinto de granito mide 5,2 kilómetros cuadrados aproximadamente y cada busto alcanza una altura entre 18 y 19 metros de alto.
El 9 de octubre de 1941 el presidente de los Estados Unidos, Franklin Delano Roosevelt, autorizaba el desarrollo de la bomba atómica para terminarla antes de que lo hiciera la Alemania nazi. El proyecto fue bautizado con el nombre en clave «Manhattan». En su desarrollo colaboraron miembros de la administración civil, el ejército y científicos de primera fila como Albert Einstein o Enrico Fermi. Finalmente, tras años de investigación, finalizaron el proyecto y realizaron la primera prueba nuclear del mundo el 16 de julio de 1945 en Alamogordo, Nuevo México. Posteriormente crearon otras dos bombas, que fueron detonadas en Hiroshima y Nagasaki.
Tal día como hoy de 1941 tuvo lugar uno de los hechos más sorprendentes y controvertidos de la Segunda Guerra Mundial. Rudolf Hess, número 3 del partido Nazi, hombre de confianza de Hitler y una de las figuras clave del Tercer Reich, se lanzó en paracaídas sobre Escocia. En una misión en solitario y al parecer sin conocimiento del Führer, partió en avión de Alemania y sorteó las defensas británicas para caer en terreno británico con la intención de contactar con el duque de Hamilton. Parece ser que la intención de Hess era utilizar la influencia de éste para obligar al gobierno británico a negociar una paz que dejase a Alemania las manos libres en el continente europeo. Pero Hess fue apresado y no consiguió su objetivo. Permaneció en prisión hasta que fue entregado al Tribunal de Crímenes de Guerra de Núremberg tras el fin de la guerra, siendo condenado a cadena perpetua.
El 28 de marzo de 1941 Virginia Woolf puso fin a su vida al sumergirse en el río Ouse con los bolsillos de su abrigo llenos de piedras. Nacida en Londres en 1882 creció en el seno de una familia acomodada en la que el trato con el mundo de la literatura y la cultura en general eran habituales. Pese a que no fue al colegio el ambiente familiar le permitió recibir una educación cuidada y pronto daría muestras de su interés por la literatura. Junto con su hermana Vanessa y algunos de los compañeros de universidad de su hermano Thoby formó el conocido como Grupo de Bloomsbury, un conjunto de intelectuales y literatos que jugó un papel muy activo en la renovación de las letras inglesas de comienzos del siglo XX. En 1915 publicó su primera novela, Viaje de ida, y años más tarde se consagraría con títulos como La señora Dalloway, Orlando o Una habitación propia.
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El 7 de diciembre de 1941, el bombardeo por parte de Japón a la base hawaiana de Pearl Harbor provocó la entrada de EEUU en la Segunda Guerra Mundial. Pocos días después, el 11 de diciembre, la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini acudían en apoyo de Japón y declaraban la guerra al gigante norteamericano.
El 7 de diciembre de 1941, más de 350 aviones de combate japoneses bombardearon la base aeronaval de Pearl Harbor, en el archipiélago de Hawái. La derrota estadounidense fue absoluta y sus pérdidas más que considerables. Los efectivos de la base no estaban preparados y cuando quisieron reaccionar ya era demasiado tarde: el ataque nipón causó la muerte a más de 2.000 soldados estadounidenses, hundió cuatro acorazados y dejó otros tres severamente dañados, lo más granado de la flota.
Desde el estallido de la Segunda Guerra Mundial en 1939, Estados Unidos se había mantenido al margen del conflicto salvo por las ayudas y envíos de suministros que había hecho a Gran Bretaña. A pesar de esto, Japón planeaba hacerse con el control de océano Pacífico y las riquezas de los países del sureste asiático y el ataque a Pearl Harbor pretendía prevenir cualquier posible participación de los Estados Unidos en la guerra y debilitar sus fuerzas navales para que no pudieran llegar a ser un estorbo. Hirohito no se hizo esperar y apenas unas horas después del ataque inició la invasión de Filipinas.
Esta acción tuvo consecuencias enormes para el desarrollo de la guerra y para la historia del siglo XX. Al día siguiente, el presidente Franklin D. Roosevelt anunciaba que Estados Unidos estaba en guerra con Japón y el día 11 de diciembre entraba en guerra con la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini, aliados de Japón. Por su parte, Roosevelt se unía a Churchill y comenzaba sus acciones militares tanto en el Pacífico como en Europa, a la que entró con todo lo que tenía desde el norte de África por Italia y desde Inglaterra por Francia. El ataque a Pearl Harbor suele ser considerado una de las causas por las que Estados Unidos, ante la negativa de Japón de rendirse en 1945, decidió lanzar las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki.
Ya desde los años 40 fueron muchas las voces que se alzaron y que cuestionaban hasta qué punto Roosevelt ignoraba realmente las intenciones de Japón y la proximidad del ataque. Resulta llamativo que los tres portaviones más importantes y valiosos de Pearl Harbor (el Enterprise, el Lexington y el Saratoga) hubieran salido ese día del puerto y en 1979 unos documentos desclasificados apuntaban a que Estados Unidos había sido advertido del ataque por Ricardo Rivera Schreiber, embajador peruano en Tokio. Son muchos los que creen que el gobierno estadounidense decidió no actuar para tener así un casus belli, una excusa perfecta con la que entrar en la guerra.
El 22 de junio de 1941, exactamente un año después que Francia se rindiera ante la Alemania nazi, Hitler lanzaba una ofensiva a gran escala para conquistar al que hasta entonces había sido algo parecido a un aliado, la poderosa Unión Soviética de Iósif Stalin.
En agosto de 1939, con las fuerzas del Eje disponiendo los últimos preparativos para iniciar su gran expansión, Hitler pensó que era buena idea neutralizar a algunos de sus posibles enemigos sin necesidad de combatir y aprovechó que compartía con Stalin sus ansias de conquista. Ambos países firmaron el pacto de no agresión Ribbentrop-Mólotov en el que, además, acordaban el reparto de Polonia entrando unos por el este y otros por el oeste. Durante el primer año de guerra las cosas entre ambas potencias se mantuvieron relativamente estables y sin confrontaciones, pero en junio de 1941 Hitler mostró el resto de sus cartas e inició la invasión de la URSS; una jugada que acabaría costándole la partida entera.
Las fuerzas alemanas compuestas por más de tres millones de soldados, 150 divisiones y tres mil tanques blindados se dividieron en tres grupos e irrumpieron en territorio soviético avanzando por un frente de más de 3200 kilómetros de largo. Los primeros meses supusieron el avance casi constante de los nazis, que entraron al país como conquistadores y cuyo principal objetivo era hacerse con las riquezas, materiales y estructura industrial de los soviéticos. Stalin lanzó una contraofensiva mortal, hizo de la lucha contra Hitler un estandarte patriótico y llevó la idea de combatir hasta el último hombre a su extremo, consiguiendo frenar a los alemanes los suficiente como para que el durísimo invierno ruso les pillara por sorpresa.
Las condiciones climatológicas frenaron en seco el avance alemán y sus tropas, que no estaban preparadas para esa situación, sufrieron las consecuencias. Cuando pudieron retomar la campaña ya era demasiado tarde. Los soviéticos aprovecharon la situación y organizaron una serie de contraofensivas muy efectivas que vivieron su cresta en Stalingrado, batalla que marcó el comienzo de la retirada nazi y su repliegue total de vuelta a Alemania.
El plan de Hitler había fracasado. La resistencia de los soviéticos y los problemas durante el invierno hicieron que la conquista se alargara más de lo previsto y acabó encerrando a Alemania entre dos frente abiertos que la asfixiarían. Casi todos los historiadores señalan que la campaña en la URSS fue la principal causa de la derrota alemana.
El 29 de marzo de 1941 salió publicada en el Boletín Oficial del Estado (BOE), la promulgación de la llamada Ley de Seguridad del Estado por la que el régimen franquista institucionalizaba y legalizaba algunos de los mecanismos de represión y limitación de las libertades que más le caracterizarían.
No habían pasado ni dos años del final de la guerra civil a la que tuvo que hacer frente España y el país vivías las peores consecuencias de la posguerra y los primeros momentos de los llamados años del hambre. Buscando afianzarse definitivamente en el poder y moldear el sistema a su imagen y semejanza, Franco publicó una serie de leyes que eliminaban cualquier garantía democrática previa y le aseguraban un sistema que supiera responder a sus deseos y caprichos. En el propio texto del BOE Franco justificaba la promulgación de esta ley basándose en “la imperfección con que nuestras leyes penales, plagadas de los prejuicios propios del momento legislativo en que fueron promulgadas”. A continuación hablaba de la necesidad de crear un nuevo Código Penal que supiera acomodarse a “las esencias del régimen vigente”.
La ley se dividía en doce capítulos según el tipo de delitos a los que hacía referencia y algunas consideraciones generales al final. Por supuesto, teniendo en cuenta el momento histórico en el que se encontraban, el primer capítulo (el más extenso) trataba cualquier tipo de actividad subversiva que atacase al régimen, al ejército, a las instituciones o a los símbolos nacionales, destacando el delito de traición a la patria. En los siguientes capítulos se hablaba de los delitos por atentar o difamar contra el jefe del Estado, por difundir información perjudicial para el régimen (censura), por protestar o reunirse sin la autorización del régimen (derecho de asociación y de reunión), por convocar huelgas y paros laborales o por robos y secuestros.
Instaurado en el poder como estaba y sin ningún tipo de límite de actuación, Franco derribó el sistema y las instituciones previas que había en España y construyó uno nuevo que le permitiera, aparentando cierta legalidad, transformar el país en una dictadura autoritaria en la que la única pieza que lo hacía funcionar todo era él mismo. A esta Ley de Seguridad del Estado habría que sumar la Ley de Responsabilidades Políticas, por la que se prohibían todos los partidos y asociaciones políticas que no estuvieran autorizadas por la dictadura o fueran contrarias a los principios del Movimiento Nacional, o las Leyes del Reino con las que moldeó el sistema como mejor le convino en cada momento.