Durante los últimos años de la República y con la dinastía Julio-Claudia (27 a. C.-68 d. C.) en la península ibérica se configuró una élite hispanorromana compuesta por descendientes de emigrantes italorromanos (hispanienses) e indígenas romanizados (hispani). Ambos grupos fusionados constituyeron las aristocracias provinciales que gobernaron las ciudades hispanas, de las que pronto comenzaron a surgir “hombres nuevos” deseosos de promocionar a los ordines superiores y de ocupar puestos de responsabilidad en Roma y en la administración imperial. Las numerosas comunidades cívicas surgidas de los procesos de municipalización y colonización, cesariano-augusteos y posteriormente flavios, fueron los crisoles en los que se forjó esa sociedad hispanorromana, que se caracterizó por la mezcla e integración de hispanienses e hispani, una vez los segundos lograron alcanzar la ciudadanía romana.
Marcial. Un celtíbero entre Bilbilis y Roma
“El que ahora me atraiga hacia sus riberas el celtibérico Jalón, y el que pueda visitar las casas colgadas de mi patria, te lo debo a ti, Manio […]. Nadie hay más cariñoso que tú, ni más digno de amor en las tierras de Iberia […]. Si tú piensas lo mismo, si nuestros sentimientos son iguales, Roma estará para nosotros dos en cualquier lugar” (Epigramas X.13). Siguiendo las acertadas palabras del autor bilbilitano, Roma se podía encontrar en cualquier lugar. Estaba en Hispania, por supuesto, y entre celtíberos que no olvidaban su identidad y orgullo local al mismo tiempo que disfrutaban de estructuras políticas municipales y de las comodidades importadas que las excavaciones arqueológicas a las orillas del río Jalón han sacado a luz. Sin embargo, Marcial y su genial obra también nos hacen recordar que, más allá de este esplendor arquitectónico y urbano, subyacían diferencias notables entre aquella Roma, capital imperial, y su Bilbilis, una patria natal de pasado indígena con limitaciones propias de la periferia provincial.
Los pobladores de Hispania. Identidad y transformación
La desaparición progresiva de las identidades locales había comenzado en la Bética, grosso modo la mayor parte de la actual Andalucía, desde comienzos del siglo II a. C., desde que la expulsión de los cartagineses había dejado a los romanos con las manos libres para la conquista de Hispania. Pero ese proceso de supresión de las identidades locales, que se había iniciado en el sur de la Península en fechas tan antiguas, se extendió como la pólvora al mismo ritmo que lo hacían los éxitos de las tropas romanas. Cuando Augusto terminó la conquista del norte de Hispania el año 19 a. C., la suerte de las culturas indígenas de Hispania estaba echada.
Hispania en el Mare Nostrum
La transición económica de las Hispaniae, desde la época republicana tardía hasta el Alto Imperio, no puede disociarse de los inicios de la explotación colonial romana. Tal como ya había sucedido con Cartago, la península ibérica se presentaba a los ávidos ojos del Estado romano fundamentalmente como un territorio de recursos minerales infinitos. Con posterioridad, los siglos I y II constituyen uno de los períodos económicos más destacados de la península ibérica, un estímulo basado en un sofisticado sistema de explotación minera y en una agricultura intensiva en productos susceptibles de generar grandes beneficios, como el vino o el aceite de oliva. Un modelo económico, por otra parte, que en el siglo III requeriría de una profunda transformación, y al que solo algunos productos, regiones y ciudades supieron adaptarse.
Hispania
Desde la 2ª Guerra Púnica hasta la invasión de los bárbaros Hispania evolucionó y se integró plenamente en el estado romano.
Emperadores, pensadores y militares de renombre nacieron en la península.
La riqueza que poseía el territorio permitió que surgieran ciudades, ya abandonadas, como Cáparra o Itálica, y lujosas viviendas, hoy vetustas ruinas.
A este último grupo pertenece la villa de Noheda, cercana a la capital provincial. Un lugar que guarda un mosaico casi sin igual.
A lo largo de España hay desperdigadas una buena cantidad de yacimientos de villas romanas. Olmeda (Saldaña) en Palencia, Puras en Valladolid, la de Camarzana de Tera en Zamora…
En el caso de Noheda, localidad conquense asociada a Villar de Domingo García, se trata de un complejo de finales del imperio. Así, se cree que se elevó en un periodo que puede ir del III al V d.C. Controlaba una gran área a su alrededor, como demuestran los restos dispersos hallados.
Las villas de esta época eran entornos usualmente asociados a la aristocracia. Durante el siglo III se produjo una gran crisis política y civil en el imperio que llevó a una desconexión notable entre ciudades y entorno agrario. De esta forma los terratenientes aumentaron su poder al margen de urbes otrora mucho más poderosas como Augusta Emerita (Mérida) o Tarraco (Tarragona).
La suntuosidad que se desprende de los hallazgos en la villa romana de Olmeda deja claro que su propietario era muy rico.
Parece ser que había constancia de que en el lugar había ruinas ya en la Edad Moderna. Sin embargo, los trabajos científicos arrancaron a partir de finales del XIX. Descripciones y pequeños hallazgos se sucedieron. De este modo, en los 60 se afirmó que era una mansio. Estos complejos se situaban en las calzadas cada cierto número de millas y servían como posada y casa de postas oficial. Hay grandes ejemplos de ello en Extremadura, en torno a la Vía de la Plata.
En 1984 la suerte quiso que mientras labraban los propietarios de la finca hallaran parte del mosaico. Un lento proceso derivó en una excavación extensiva en 2005. A raíz de ello se ha sacado a la luz uno de los mosaicos figurativos romanos más grandes de los que hay constancia. Actualmente ofrece visitas guiadas y puede ser contemplado. De esta forma es un hito cultural de primera magnitud en Cuenca, junto a la Ciudad Encantada, Segóbriga o las lagunas de su serranía.
El enorme mosaico romano de Noheda
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