El 1 de febrero de 1979 el ayatolá Ruhollah Jomeini, principal figura de la oposición islámica al régimen del sha Reza Pahlevi, aterrizaba en Teherán y era recibido por una multitud ferviente que le aclamaba como a un héroe. Su llegada marcó el éxito definitivo de la Revolución Islámica iraní.
La situación en Irán llevaba siendo convulsa desde después de la Segunda Guerra Mundial. La influencia de Gran Bretaña y Estados Unidos se veía principalmente en el ámbito económico con un control cuasi total de la explotación de petróleo a través de la Anglo-Iranian Oil Company y en lo político imponiendo la renuncia de Reza Shah Pahlevi a favor de su hijo Mohamed Reza Pahlevi. Aunque el punto de inflexión llegaría en 1953 cuando, a través de un golpe de Estado orquestado por la CIA, el presidente democráticamente electo Mohamed Mossadeq fue derrocado tras haber promovido una nacionalización de la industria petrolera. El sha reunió en su persona todos los poderes del estado y llevó a cabo una aproximación a Occidente que resultó de gran interés para los Estados Unidos, su principal benefactor.
En 1963, Pahlevi promovió una serie de medidas que buscaban modernizar el país y que fueron rechazadas por el grueso de la población, principalmente por los sectores más conservadores y defensores de la instauración de una teocracia. El régimen del sha se vio forzado a utilizar a la policía secreta para reprimir a los protestantes y controlar a la oposición hasta que, en septiembre de 1978, el sha proclamó la ley marcial y la sociedad iraní se levantó contra él. En enero del 79 abandonó el país y dejó a su cargo a un gobierno provisional que no pudo reorganizarse y hacer frente a las protestas. Jomeini, que había pasado 14 años exiliado en Francia, regresó al país convertido en un líder respetado y destinado a dirigir el primer estado islámico del siglo XX.