El 26 de octubre de 1520, Carlos I de España se convertía en el emperador más poderoso de Europa, bajo cuyo reinado se decía que no se ponía el Sol. Rebautizado como Carlos V de Alemania, heredó el Sacro Imperio Romano Germánico a la muerte de su abuelo paterno, el emperador Maximiliano I de Habsburgo. Cuatro años antes, en 1516, obtuvo el título de rey de España tras el fallecimiento de su abuelo materno, Fernando II de Aragón ‘el Católico’, y el encierro impuesto a Juana de Castilla por su supuesta locura.
Pese a que Castilla no opuso condición alguna a su nombramiento, el reino de Aragón sí que exigió que el emperador jurara la Constitución en Zaragoza, por lo que tuvo que trasladarse desde Flandes. La nobleza fue reticente a su persona debido a que era la primera vez que pisaba la península, daba prioridad a sus consejeros extranjeros y apenas hablaba español. Sin embargo, esta unión de culturas le permitió conceder a su reinado un valor mucho más internacional.
El emperador Carlos tuvo la ambición de resucitar un imperio, un Sacro Imperio Romano basado en los valores de la religión católica, la paz, y la fraternidad entre los pueblos, además de asegurar sus territorios ante amenazas externas, como el Imperio Otomano. Sin saberlo, creó el primer imperio colonial moderno. A pesar de todo, los enfrentamientos dentro del imperio fueron comunes (destacándose por ejemplo el levantamiento de la Liga de Smalkalda de 1531) y el emperador aplastó a cualquier oposición a sangre y fuego y demostró un fuerte desprecio hacia los gobiernos locales a los que cobraba altos impuestos con los que sufragar sus campañas europeas.
La reforma protestante promovida por Martín Lutero acabó por provocar una escisión en la religiosidad europea y, ante esta derrota espiritual, Carlos I decidió abdicar en su hijo Felipe en 1555. Tres años después, murió en el monasterio de San Jerónimo de Yuste.