El 11 de septiembre de 1973, el golpe de Estado militar liderado por el general Augusto Pinochet y promovido y financiado por los Estados Unidos a través de la CIA salía triunfal y se hacía con el control del país. El entonces presidente, el socialista Salvador Allende, había tomado la decisión de permanecer en el Palacio de la Moneda para coordinar la respuesta del gobierno y defender su cargo como presidente electo. Tras dar un último mensaje al pueblo chileno a través de Radio Magallanes y sabiéndose cercado por los aviones y tanques golpistas, Allende decidió quitarse la vida para no caer en manos de los militares.
Médico de profesión, Allende fue haciéndose un hueco en política y ocupó diversos cargos de mayor o menor importancia. En 1970, como miembro del partido Unidad Popular y en su cuarto intento como candidato, Salvador Allende consiguió una ajustada victoria en las urnas que fue respaldada en el Congreso en octubre de ese año. Era el primer presidente comunista que llegaba a la presidencia a través de las urnas y desde un primer momento promovió reformas de carácter socialista y pacífico.
A las consecuencias a corto plazo que tuvieron las medidas tomadas por Allende y la falta de apoyo o soporte de las grandes fortunas chilenas y los sectores de derecha hay que sumar el empeño estadounidense que desde el principio tuvo en derrocar al presidente chileno. Henry Kissinger y Richard Nixon comenzaron así una serie de operaciones encubiertas que aumentarían el descontento social y asegurarían el éxito del levantamiento militar. Por miedo a una segunda Cuba, los Estados Unidos provocaron y consintieron una brutal dictadura que duró 17 años y en la que la violación de los derechos humanos, las torturas y los asesinatos fueron una constante.