La noche del 9 al 10 de noviembre de 1989, las autoridades de la República Democrática Alemana anunciaban a una desconcertada población que el paso fronterizo entre Berlín oriental y Berlín occidental quedaría permanentemente abierto desde el día siguiente. La noticia provocó tal entusiasmo entre los berlineses que decenas de miles de personas se aglomeraron frente a la separación y, con picos y martillos, comenzaron a derribar el Muro de Berlín.
Esta muralla había sido construida en 1961 para evitar que la población del Berlín comunista pasase al sector capitalista. Era el apogeo de la Guerra Fría y las diferencias entre la Unión Soviética y los Estados Unidos hacían que cualquier cosa se convirtiera en foco de conflicto. Alemania y Berlín estaban divididas en sectores desde el final de la Segunda Guerra Mundial y ya se habían vivido momentos de tensión entre ambas potencias, como el bloque al Berlín occidental y el puente aéreo de 1948. Dado que el muro seguía la división de los sectores, su construcción generó miles de afectados que tenían su trabajo o a su familia en el otro lado o incluso que habían perdido su casa porque el muro pasaba por allí.
A lo largo de las décadas que estuvo en pie, el Muro de Berlín pasó de ser una alambrada de espino y filas con sacos de arpillera para convertirse en una auténtica muralla infranqueable con vigilancia constante, torres y búnkeres. Aunque las cifras son algo confusas, se estima que hubo cerca de 70.000 detenidos por intentar cruzar el muro, 200 heridos y entre 175 y 250 muertos. Más de 40.000 personas consiguieron cruzar el Muro de Berlín empleando todo tipo de trucos y artimañas (como un mini-submarino o un globo aerostático).
La caída del Muro de Berlín supuso la reunificación de la ciudad y de las dos Alemanias en 1990.