El 30 de abril de 1945, habiendo entrado las fuerzas del Ejército soviético en una colapsada Berlín defendida por las Juventudes Hitlerianas y por lo poco que quedaba del Tercer Reich, el dictador nazi Adolf Hitler se encerró en su habitación del búnker, tomó una pastilla de cianuro y se pegó un tiro en la cabeza. Junto a él estaba su secretaria y reciente esposa, Eva Braun.
Adolf Hitler, que había imaginado al mundo entero doblegándose ante su voluntad de hierro, se encontró a partir de 1943 con una realidad mucho más dura. Los soviéticos habían vencido en Stalingrado e iniciado un contraataque que parecía imparable y los estadounidenses y británicos habían invadido Europa por Sicilia y Normandía y enfilaban a sus tropas hacia Berlín, que ahora se encontraba en medio de dos frentes abiertos. En enero de 1945 Hitler se trasladó permanentemente a su búnker de la Cancillería, desde donde seguía dirigiendo el régimen y la guerra como buenamente podía. Los testigos hablan de un claro deterioro en las facultades psicológicas del Führer y un comportamiento errático y paranoide que se acentuaba cuanto más cerrado estaba el cerco sobre él. A finales de abril, Hitler sufrió un ataque de histeria provocado por su rechazo a que Alemania hubiera perdido la guerra y acentuado al enterarse de que Himmler había intentado negociar con la Cruz Roja Internacional. Cuando se enteró del terrible destino que le había aguardado al fascista italiano Benito Mussolini lo tuvo claro. A él no le cogerían vivo.
Hitler se casó con Eva Braun el día 29, solucionó como pudo sus últimos asuntos y se despidió de su personal de mayor confianza. El 30 de abril ambos aparecieron muertos en la sala de mapas del búnker y al día siguiente le seguiría Joseph Goebbels, quien se tomó una pastilla de cianuro junto a su mujer después de haber envenenado a sus seis hijos. Los restos de Hitler y Eva Braun se llevaron al patio de la Cancillería donde se les prendió fuego y enterró. Documentos soviéticos desclasificados indican que Iósif Stalin envió a varias unidades especiales para interrogar a los testigos y encontrar los restos de Hitler, que fueron trasladados a la ciudad de Magdeburgo hasta 1970. Ese año se exhumaron, los quemaron en su totalidad y arrojaron las cenizas al río Biederitz.