El 9 de agosto de 2007, cayeron aparatosamente las bolsas, en gran parte motivada por la incertidumbre existente sobre la solvencia de todo el entramado creado sobre las hipotecas subprime. Repentinamente se descubrió que en los Estados Unidos se habían concedido hipotecas a consumidores que no tenían una necesaria solvencia, financiadas mediante unos sofisticados activos que ya habían afectado a numerosas entidades bancarias e instituciones financieras, no sólo en EE.UU., sino también en Japón, países de la Unión Europea y de la práctica totalidad del resto del mundo. A partir de entonces, las autoridades norteamericanas y europeas inyectaron grandes cantidades de dinero a los bancos para ayudarles a resistir la ola de impagados. Pese a ello, se produjeron las primeras quiebras y suspensiones de pagos. Desde ese mes de agosto de 2007, hasta el último mes de 2008, se sumaron factores muy negativo: la fuerte subida de los precios del petróleo y de los cereales, la depreciación del dólar y un estallido a nivel mundial de la burbuja inmobiliaria. La crisis se trasladó del mundo financiero a la economía real. En 2008, empezó una oleada de quiebras y suspensiones de pagos en EE.UU. El 15 de septiembre de 2008, quebró Lehman Brothers, el cuarto mayor banco de inversión de Norteamérica. Esta quiebra afectó a miles de entidades financieras y desató el pánico ante una amenaza de un crash financiero mundial. En resumen, la mayoría de los bancos de inversión habían perdido más del 40% de su valor en bolsa. Las bolsas mundiales entraron en un periodo de gran volatilidad, con caídas históricas seguidas de elevadas alzas en septiembre y octubre, periodo que pasó a la historia como el Crash de octubre de 2008, ya que en esos últimos 7 días de ese mes sufrieron caídas superiores a las registradas en las crisis de 1929 y de 1987.