La búsqueda de la inmortalidad o de la vida eterna ha ido íntimamente ligada a la historia del ser humano. Nuestro miedo a perecer ha inspirado a numerosas religiones, como la del Antiguo Egipto, el cristianismo, el islam, el hinduismo y el budismo; a creer en la supervivencia del alma después de la muerte y, en algunos casos hasta llegar a la reencarnación. Además, la inmortalidad del alma ha sido un tema muy cuestionado en filosofía, como en las Diálogos de Platón y en trabajos del escolástico Tomás de Aquino y el materialista Ludwig Feuerbach, entre otros.
La ciencia antigua también se pronunció sobre la cuestión. A través de la alquimia, se intentó crear piedra filosofal, un material que supuestamente podía proporcionar la juventud eterna a su portador. Aunque dicha roca nunca se encontró, la ciencia moderna también ha apostado por la preservación del cuerpo físico, sin entrar en cuestiones relacionadas con el alma. El estudio del proceso del envejecimiento nos ha llevado a descubrir los telómeros, extremos de los cromosomas que contienen secuencias repetitivas de ADN no codificante para proteger el material genético de cualquier daño. Cada vez que la célula se divide, estos se acortan, hasta que, al cabo de un cierto número de particiones son tan cortos que la célula ya no puede dividirse, dando lugar a la senescencia (envejecimiento) o apoptosis (muerte celular). Se cree que, si se pudiera preservar la integridad de los cromosomas, se podría luchar contra el envejecimiento y alargar el tiempo de vida.