El 26 de agosto de 1990 tuvo lugar en Puerto Hurraco, una pequeña localidad de Badajoz, uno de los hechos más atroces y retorcidos de la España negra: una masacre promovida por el odio y la venganza ciega que acabó con nueve muertos.
Los protagonistas de esta historia son los Izquierdo y los Cabanillas, dos familias que se encontraron en Puerto Hurraco (unos eran de la zona y estuvieron en el pueblo desde su aparición y otros volvieron de Cuba y se asentaron allí). Los primeros choques fueron de nombre, empujados por un recelo irracional hacia otra familia a la que consideraban su rival dentro de un mundo cerrado como era el de aquel pueblo aislado. Ambas familias tuvieron sus choques, navajazos y apaleamientos al igual que romances y matrimonios que difuminaban la línea de unos y otros pero nada importante hasta los años 50. En esa década, ambas familias poseían unos terrenos que colindaban pero que no estaban separados por vallas ni cercas y la invasión de uno sobre el otro o del otro sobre uno llevó a la primera disputa importante.
En 1961, Amadeo Cabanillas discute con Jerónimo y Luciana Izquierdo por una pelea que habían tenido sus hermanos. Luciana acaba herida tras ser empujada por Amadeo, con quien se supone que tuvo una relación en su juventud, y la respuesta de Jerónimo es ir a buscar al Cabanillas y matarlo de una cuchillada. En 1984, la casa de los Izquierdo arde y en el incendio muere Isabel, madre de Jerónimo, Antonio, Emilio, Luciana y Ángela. Los Izquierdo, por supuesto, acusan a Antonio Cabanillas (hermano del fallecido Amadeo) de haber provocado el incendio y al pueblo de no haberlo impedido. Tras un nuevo apuñalamiento del que Antonio salió vivo, los hermanos Izquierdo son expulsados del pueblo y se refugian en Monterrubio de la Serena.
Aquella trágica mañana de agosto de 1990, los hermanos Antonio y Emilio Izquierdo cogen sus escopetas automáticas y dicen marcharse a cazar tórtolas. Sin embargo, su coche se dirige hasta Puerto Hurraco, donde lo aparcan en un callejón para no ser vistos y esperan junto a una de las casas de los Cabanillas con las armas cargadas. Las primeras víctimas son Antonia y Encarnación, dos niñas de catorce y trece años, y desde ese momento los hermanos pierden el control y comienzan a disparar contra todo aquel que esté a tiro, sea o no Cabanillas. Los hermanos Izquierdo vaciaron tres cargadores en total, utilizando munición pesada fabricada para ser capaz de atravesar la dura piel de los jabalíes, y dejaron un total de nueve muertos y más de una decena de heridos. La Guardia Civil les detuvo nueve horas después cuando intentaban esconderse en el monte.
Luciana y Ángela, las hermanas Izquierdo, estuvieron desaparecidas durante cuatro días lo que hizo sospechar a muchos que sabían las intenciones de sus hermanos e incluso que habían sido las instigadoras. Fueron encontradas en un expreso que iba de Madrid a Badajoz y afirmaron que habían viajado hasta la capital para intentar hablar con Felipe González, presidente del gobierno por aquel entonces, para contarle su tormento y pedirle ayuda. El juicio de los Izquierdo fue muy mediático y estuvo enturbiado por la brutalidad de los hechos y los clamores de nuevas venganzas procedentes de las víctimas y de sus familiares. Las hermanas Izquierdo fueron absueltas al no poder probar su implicación pero acabaron encerradas en una institución psiquiátrica en Mérida y los hermanos (los ejecutores) fueron condenados a un total de 684 años de prisión. Emilio murió en 2006 en la cárcel de Badajoz y Antonio se ahorcó en su celda en 2010.
Este suceso conmocionó no solo a Puerto Hurraco y a la región sino a toda España, un país que acababa de empezar la década siendo parte de Europa y que creía estar más cerca de esa imagen de modernidad tan deseada que de la España profunda y rencorosa que se dejaba cegar por el odio y la venganza y arreglaba sus problemas con navaja y plomo. La España que Goya pintó tan bien en su Duelo a garrotazos.