El 24 de agosto del año 79 d.C., según las crónicas de Plinio el Joven, el volcán Vesubio entró en erupción durante unas 24 horas y destruyó las urbes cercanas de Pompeya, Herculano y Estabia.
Se cree que la anterior explosión del Vesubio había tenido lugar antes del 1800 a.C. por lo que los habitantes de estas ciudades no podían ni imaginarse el peligro que correrían aquel día. De los tres lugares mencionados, Pompeya era la ciudad más importante y actualmente la más famosa. Era una villa muy próspera que el día anterior a la erupción había celebrado la fiesta de Vulcanalia (en honor al dios Vulcano), por lo que debía estar a rebosar de gente, peregrinos y comerciantes. Los primeros síntomas de que algo iba mal se dieron a primeras horas de la mañana, cuando comenzó a caer una espesa lluvia de polvo y ceniza seguida de temblores de tierra. Muchos de los pompeyanos permanecieron en la ciudad creyendo que todo pasaría, pero la cosa solo fue a peor: una columna de humo surgió del cráter y alcanzó unos treinta kilómetros de altura, una nube de gases tóxicos invadió la ciudad y la lava del volcán lo sepultó todo avanzando a una velocidad aproximada de 110 kilómetros por hora. Se estima que murieron unas 25 000 personas.
Pompeya quedó oculta al ojo humano hasta 1599, cuando se hallaron unos frescos durante unas excavaciones. El alto contenido sexual de las imágenes chocó con la moral de la época y la investigación se abandonó, pero fue retomada entre 1759 y 1788 por orden de Carlos VII de Nápoles (más tarde Carlos III de España).