Robert Oppenheimer pasó a la historia con un terrible apodo, ‘el padre de la bomba atómica’, el arma más mortífera y sofisticada de la era contemporánea.
En 1941 el físico fue elegido por el presidente estadounidense Roosevelt para dirigir el Proyecto Manhattan, nombre en clave del plan para desarrollar un arma nuclear antes que los nazis. El proyecto pareció desencadernarse tras una carta del propio Albert Einstein (desarrollador de la célebre ecuación que pone en relación la masa y la energía, E=mc2).
Después de una exitosa prueba con la bomba llamada Trinity, sendas bombas se lanzaron sobre las poblaciones de Hiroshima y Nagasaki el 6 y el 9 de agosto de 1945. El 30 % de la población murió en el acto y otros muchos sufrieron secuelas hasta muchos años después.
Es de suponer que, pese al brillante ingenio científico de Oppenheimer, sintió culpabilidad y remordimiento, aunque nunca los expresó directamente. Cabe mencionar que, no obstante, los terroríficos hechos que dieron fin a la Segunda Guerra Mundial fueron celebrados con entusiasmo por los americanos, y que los directores del Proyecto Manhattan celebraron el final de la muerte de hombres americanos.