El 4 de agosto de 1704 una fuerza conjunta de ingleses y holandeses encabezada por el marino George Rooke consiguió superar las defensas españolas y hacerse con la plaza de Gibraltar tras un breve asedio de apenas dos días.
El siglo XVIII había empezado en España con una guerra de sucesión entre Felipe de Anjou y el archiduque Carlos de Austria. Inglaterra, enemiga histórica de Francia, apoyó al archiduque y así fue como Rooke, por entonces un cincuentón que acumulaba más derrotas que victorias, fue enviado a las costas españolas para presionar a los aliados del candidato francés. Ese mismo año fracasó al intentar conquistar Barcelona en nombre del archiduque Carlos, y para limpiar su nombre decidió navegar hasta Gibraltar y tomar la fortaleza pobremente defendida.
El gobernador de Gibraltar, Diego Salinas, contaba con medio centenar de soldados profesionales y unos 150 voluntarios para defender la ciudad frente a los terribles cañones de ingleses y holandeses, por lo que al final no tuvo más remedio que rendirse. Para hacer más llevadero el trago, Rooke le dijo que la rendición no sería ante los ingleses sino ante el archiduque Carlos y que ellos solo ejercerían su gobierno en Gibraltar si el austriaco era nombrado rey. El tiempo acabaría por demostrar el engaño pues los ingleses no tenían ninguna intención en abandonar Gibraltar una vez terminara la Guerra de Sucesión.