El 6 de octubre de 1974, tropas egipcias atravesaron la península del Sinaí y cruzaron la frontera con Israel en una acción militar relámpago que pretendía recuperar los territorios perdidos en la guerra de 1967. Esta acción inesperada, junto al ataque de Siria por los Altos del Golán, pilló totalmente desprevenido a Israel y supuso la última gran guerra árabe-israelí. Recibe el nombre de Guerra de Yom Kippur porque la ofensiva se inició en esa fiesta judía (Día del Perdón) para hacer aún más efectivo el ataque.
Desde su creación en 1948, el estado de Israel tuvo que luchar contra los países vecinos (todos ellos árabes) para sobrevivir como nación y hogar del pueblo judío. Desde mediados de los 50, el presidente egipcio Gabal Abdel Nasser se había convertido en el promotor de la causa panarabista y había tomado como uno de sus grandes objetivos la derrota de Israel. Con este clima de tensión y en el marco de la Guerra Fría tuvieron lugar la Guerra de Suez (1956) y la Guerra de los Seis Días (1967) y en ambos casos Israel salió victorioso y fortalecido, habiendo expandido sus fronteras a costa del territorio enemigo. La situación cambió en 1970, cuando un derrotado Nasser falleció y ocupó su lugar Anwar el-Sadat.
El nuevo líder de Egipto, siendo consciente de las derrotas previas y las escasas posibilidades de imponerse a Israel, decidió cambiar de estrategia. El día señalado, con las televisiones y radios israelíes apagadas y solo la mitad de efectivos en las fronteras y las bases militares, un renovado ejército egipcio entró con todo en la península del Sinaí y llegó hasta la línea defensiva Bar Lev. Lo mismo ocurría en los Altos del Golán con la ofensiva del ejército sirio. Israel había sido pillado con las defensas bajas tanto por la fecha en la que se realizó el ataque como por la mejor organización y armamento que sus rivales desplegaron. Tan confiados estaban en que su superioridad militar les mantendría a salvo que no vieron venir el golpe, aunque supieron reaccionar rápidamente y obligaron a los egipcios y sirios a retirarse.
Si bien la ofensiva acabó suponiendo una derrota inmediata, trajo grandes ventajas para Egipto y Siria a largo plazo. Israel le había visto los dientes al lobo y la idea de que podía no ser invencible hizo que se replanteara la búsqueda de una paz duradera. La presión de Estados Unidos terminó por hacerles ceder e Israel llegó a un acuerdo con Egipto y Siria, renunció a los territorios conquistados en 1967 y consiguió que los países árabes que la rodeaban dejaran de ser una amenaza constante, abandonando la defensa de las exigencias palestinas en el territorio israelí.